De estar entubado a las infusiones de la abuela:

 

Mientras me ponían la careta de la anestesia, recordé que solo uno de cada tres personas que entubaban salían con vida.

«¡No quiero morir!» Fue lo último que le dije a la enfermera. Era una mujer hermosa, pero se me olvidó lo varón que me mostraba ante las mujeres, y me eché a llorar. Ella me habló, pero no entendí lo que quiso decirme.

Los ojos se me cerraron y lo último que vino a mi mente fue la imagen de mi abuela entrando a mi habitación con una sonrisa en los labios y una infusión de hierbas en una taza, la misma que dejé enfriar y nunca me tomé.

Desde el día que empezó el encierro trajeron a la abuela a mi casa, para que no estuviera sola.

Amaba a mi abuela. Era una «ternura en pasta», pero me tenía «mamado» con sus infusiones. En la casa se cambió el jugo de sobremesa, adivinen porqué: INFUSIONES.

Aliviando todo con sus pomadas, cerrando ventanas para que no entrara el chiflón; no me dejaba salir sin saco para evitar el sereno. ¡Encargó un termo para que yo tomara infusiones cuando estuviera en la calle!

Todos en casa les hacían caso a sus infusiones, no sé si por su cátedra o por su ternura; pero yo me declaré rebelde.

Fui el único en la familia con síntomas de resfriado: tos seca, fiebre y malestar en todo el cuerpo. Me encerré en la habitación mientras me hacían la prueba del Covid-19: POSITIVO.

Después de cinco días empezaron los problemas respiratorios que me llevaron a la clínica. Dos días allí bastaron para entrar a la unidad de cuidados intensivos.

Todos en casa me llamaban a diario, incluyendo a la abuela. Me decía que no me preocupara por mis padres y por mi hermana, porque los tenía a punta de infusiones. Me hizo prometerle que, al regresar, le hiciera caso.

Estuve seis días entubado. Algunos pacientes tienen pesadillas en ese proceso. Yo fui afortunado. No recuerdo nada y SALÍ CON VIDA.

Mi abuela no terminó la primaria, pero tiene un doctorado en amor. Esta mañana entró a mi habitación, con una taza humeante de té y una sonrisa en los labios.

Ahora, no salgo de casa sin tomarme la infusión de la abuela.

Preguntame, ¡yo te puedo ayudar!