Su voz se escuchaba temblorosa en la línea telefónica. Me llamó para agradecerme por la larga amistad que habíamos tenido.

Algo en su tono sonaba mal. Parecía una despedida.

—¿Para dónde vas que no piensas volver? —dije, con acento alegre. Su respuesta me dejó fría:

—Mañana te vas a enterar.

No hice más preguntas. Colgué.

Conocía a mi amiga desde hacía más de veinte años. Su carácter es inestable, pero cuando toma decisiones es radical.

Dejé mi té recién servido en la mesa, pero guardé en mi bolso una caja entera de Amazing tea.

Por fortuna, el tráfico estaba de mi lado. Corrí hacia su puerta y toqué tan fuerte como pude.

¡Nadie atendió! No contestaba mis llamadas.

Todas las ventanas estaban cerradas, excepto en el segundo piso.

¡No había tiempo que perder! Me aferré a las rejas y empecé a escalar. No entiendo cómo logré hacerlo, pero entré por la ventana superior.

Quedé en shock cuando vi la escena: estaba tendida en el piso, con una soga en la garganta, llorando desconsolada.

Miré al techo. El cielo raso del que pretendía colgarse no aguantó su peso.

La abracé. No hice preguntas ni señalamientos. Solo quería que supiera que estaba ahí para ella. Era todo lo que importaba.

La abracé hasta que dejó de llorar, pero seguía temblando.

Bajé a la cocina. Subí dos tazas con agua caliente. Puse el Amazing tea delante suyo.

—¡No me iré de aquí hasta que me cuentes a dónde pretendías huir sin mí!

Sonrió.

Rompió con su novio; fue una relación tóxica que echó raíces durante cinco años.

No sé qué sirvió más: escucharla hasta la medianoche, o la caja entera que se tomó de Amazing tea, para la antidepresión y subir el ánimo.

Esa noche hicimos un pacto: nos tomaríamos un té cada día, hasta superar este trago amargo.

Ahora ella es feliz, y yo muero de envidia viéndola en su último tour por Europa, con su nueva pareja de la mano… pero me tomo un té ¡y se me pasa!

Preguntame, ¡yo te puedo ayudar!